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Perros Uniformados (PARTE 2)

Perros Uniformados (PARTE 2): Me ocupé con el estudio. En diez años, aprobé tres carreras. Por eso he sido la consejera de Gobernación. La mujer más importante de la nación después de la Primera Dama. Pero cuando tenía que participar en algún evento público, me tenía que colocar lejos de la policía. Sobre todo cuando iban de gala. Me estremecían. Lo lamento muchísimo, pero me tiene totalmente maniatada. Mi compañero de Interior, un encanto todo hay que decirlo, ordenó que no quería ni un perro cerca de mí. Siempre llevaba escolta de paisano.

Perros Uniformados (PARTE 2)

            Estuve mucho tiempo sin sufrir ningún incidente de este tipo. Era feliz sin perros, sin uniformes a mi lado. Sabía que podía curarme. Y todo parecía indicarme que así estaba ocurriendo. Pero una tarde tuve que coger el metro.

            No hace ni un mes que el Presidente propuso montar una campaña para promocionar los transportes públicos en las escuelas. In situ, un miembro del gobierno viajaba con un grupo de primaria y les explicaba las ventajas del autobús, del ferrocarril, del metro. A mí, me tocó ir de Badalona hasta Zona Universitaria con dos clases de ESO. Hicimos transbordo en Paseo de Gracia. Aquel pasillo fue mi infierno.

            Ya habíamos recorrido medio pasillo cuando distinguí, entre la multitud, a una pareja de guardias de seguridad —vestidos todo de negro— que llevaban, agarrados uno cada uno, un Rottweiler. Los perros me olieron, como siempre. Ellos siempre han sabido que me domina el miedo hacia ellos. No era odio, solo una fobia que todavía hoy no he entendido por qué la sufro. Empezaron a correr.

Cuando ya los tenía a tocar, giré y hui, posesa, hasta que resbalé. Una vez en el suelo, despeinada, con los papeles volando y el vestido manchado y arrugado, los dos Rottweiler me miraban, perversos, divertidos, animados. No paraban de ladrarme, a un palmo de mi cara. Me había vuelto a orinar encima, como hacía años que no me sucedía. No tardaron ni dos minutos en llegar los dos guardias. Todavía fue peor: un par de uniformes negros, impecables, austeros.

Ellos gritaban y golpeaban a los perros para que retrocedieron. Pero no les obedecían. Unos ladraban. Los otros chillaban. Y yo en medio. Lloraba, gemía, suplicaba que todo acabara. Sufrí uno de mis ataques. Inconsciente. Impávida. Espasmos. Los ojos en blanco. Me tuvieron que ingresar.

            Cuando salí, drogada perdida, ya no era la misma. Me habían obligado a dimitir. Motivos personales. El Presidente hizo lo correcto. ¿Qué imagen podía dar el país con una consejera lunática?

Hasta que he ido a parar a esta bruja; vidente, curandera, tragaperras; llamadle como deseéis. Yo nunca he creído en estas cosas, en el más allá, en los espíritus, en la reencarnación. Pero no puedo continuar así. Esta mañana he comprado el periódico, como siempre. En primera plana, destacado, el Presidente abrazado al nuevo consejero de Gobernación. Mi sucesor es un lameculos de medio pelo que hace cuatro días se examinaba, a toda prisa, del nivel C de lengua. Un inepto. Un tocho. Uno de los yernos del Presidente. No. He decidido que recuperaré mi puesto de trabajo. Con dignidad, con la cara bien alta, por la puerta grande. Me lo he ganado con méritos suficientes. Volveré. Y el Presidente lo deberá acatar.

            Hace media hora larga que me espero. En la salita hay elefantes de cristal con la trompa levantada, pirámides alineadas, incienso ardiendo en el ambiente. Ante mí han pasado una madre con una hija, una pareja y una anciana. Todos han salido con una carcajada y la mirada hecha un chisporroteo. Un secretario —que parece, más bien, un descargador del muelle— me avisa que ya puedo entrar. 50 €, por favor. Los pago. Buenas tardes.

El próximo sábado continuaremos con esta escalofriante historia titulada «Perros Uniformados (PARTE 2) «.

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