Muchos crecimos creyendo que si encontrábamos un trébol de cuatro hojas, estábamos encontrando el amuleto mágico, el boleto de ida a todo lo que deseábamos: que alguien nos quiera, que nos elijan para un trabajo nuevo, que nos vaya bien en el examen, ganar mucho dinero, viajar al lugar más exótico…y tantos otros sueños preciosos y preciados. En resumen la suerte.

Pero poder tener uno entre las manos era muy difícil, así que los sueños quedaban dormidos en algún rincón hasta que un nuevo paisaje verde tuviera la promesa escondida de alguno oculto entre tantos.

Los deseos habitualmente son: ¡suerte en el examen!, ¡suerte en la entrevista!, ¡suerte en el amor!, ¡suerte en el sorteo!, ¡suerte, suerte, suerte! … Y uno se conforma con pensar que si tiene suerte, todo irá muy bien.

Estamos convencidos de que la suerte está afuera de uno y es cuestión de ver dónde, cómo, cuándo o con quién tenemos la ocasión magnifica de tenerla. O, en el peor de los casos la loca idea de que no la tenemos, simplemente la perdimos.

Como si tenerla o no tenerla estuviera afuera de nosotros. Casi como un objeto en la mano: ¿La tengo o no la tengo? Como si estuviera en el aire: ¿Llegó o no llegó? O como si fuera una moneda: ¿cara o ceca? ¿Se me dio o no se me dio? Puro azar.

Con el tiempo yo aprendí algo que cambió mi vida para siempre.

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Te aseguro que aunque no sea una fórmula matemática tiene un resultado que nunca cambia: Tu eres el único dueño de tu suerte.

¿Donde esta la suerte?

Entre creer que está afuera, y ser el dueño hay una brecha muy grande, y muy alentadora también. Creer que está afuera, hace que uno vaya, como cuando buscas el trébol, mirando para abajo, o para atrás, o para el costado. Y esté siempre creyendo que son las circunstancias, el otro, el trabajo, el día, el número, la casualidad, algo que hace posible que las cosas se den como queríamos.

Pero en eso no nos incluimos, simplemente nos hacemos los seguidores de suertes que vengan a por nosotros, y nos invadan de felicidad.

¿Y si no vienen? ¿Y si no llegan? ¿Y si no eran ahora? ¿Y si no eran con él? ¿O con ella? ¿O en este lugar?.

La suerte

Entonces viene la gran desilusión, el fracaso, el sentir que efectivamente: no tuve suerte. Y la consecuencia es mi tristeza, mi dolor, mi enojo.

¿Y si damos vuelta la mirada, como la hoja de un libro?.

Podemos cambiar la forma de hablar, de contarnos la historia, y dejar de creer en las circunstancias para empezar a creer en nosotros mismos.

Ser el dueño de tu suerte te convierte en protagonista, en hacedor de lo que quieres que pase, en creador de causas, en generador de tu presente, en gestador de tu futuro. Tu puedes hacer que las cosas pasen, puedes tener el trébol siempre contigo. Lo que te distingue es tu actitud.

Si empiezas a usar la “fórmula secreta”, el éxito está asegurado.

Es cuestión de aplicar la propiedad distributiva para administrar correctamente los recursos. Y las dos cosas dependen de ti.

¿Cómo gestionarla?

Gestión de la preparación: Siempre sirve frente a algo nuevo reconocer qué competencias te hacen falta, qué necesitas saber, saber hacer, poder hacer, querer hacer. Y ahí está la clave para poner en marcha formas de acceder a esas competencias habilitantes.

Gestión de la oportunidad: Esto te requiere con un cambio interno, es decir, con una apertura a estar permanentemente buscando lo bueno de lo que te pasa, cómo lo que sucede poder ser beneficioso para tu vida, cómo cada acontecimiento está ligado a tu propósito. Esta mirada abundante es condición para poder revelar en los sucesos lo maravilloso que tienen reservado para ti. Buscar espacios donde estar conectado con el tema que te interesa, o con la gente que te interesa y aprovecharlos para conocer, escuchar y estar presente.

Eso te mantiene en una red que funciona como un radar. Siempre atento a encontrarte en el lugar, el momento y la ocasión justa para lo diferente. La curiosidad es la mejor aliada. Animarte a salir de la zona de confort, a buscar, a expandir tus conversaciones, tus acciones, tus posibilidades para dejarte llevar por lo desconocido, lo incierto pero también lo inédito. Hacete visible, interesante, interesado, date lugar para salir de incognito. Es allí donde surgen las mejores señales de que la oportunidad se está sembrando.

Y ahora le aplicas otros dos principios: el multiplicador y el acelerador. El primero, para poner en práctica esta gestión en todos los momentos que puedas, mantenete en una mirada superadora, donde cada momento sea una inspiración para aprender y crecer, y el segundo está en el secreto de que a medida que practiques, será más ágil tu ritmo y lo podrás ejercitar de modo habitual.

¿Dónde está para ti la suerte ahora? ¿Afuera o adentro?

Tu puedes ser el dueño de tu suerte, tu eres tu propio trébol de cuatro hojas, elevado a la enésima potencia. Tu eres multiplicador y acelerador de tu propia vida. Se trata de pasar a una zona de valentía que te encuentre siempre abierto a saber que la suerte viene contigo. Que eres dueño de tu vida, que eres creador porque crees que es posible, eres capaz y te lo mereces.

Hacer que las cosas pasen es muy diferente a imaginarlas, es un compromiso constante con tu presente. Es saber que los buenos resultados dependen de tu propia decisión. Es salir cada mañana sabiendo que la suerte te acompaña dónde quiera que vayas. Prende tus luces, y animate!.

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